Lo que aprendí de mi peor función
Tres minutos en silencio absoluto y nadie escuchando.
Era una charla en una universidad privada. Auditorio lleno: quinientos chicos de primer año, obligados a estar ahí porque el rector creía que les venía bien.
Empecé con mi apertura habitual: la imagen, el silencio, las primeras tres frases. Levanté la mirada. Dos personas me miraban. El resto, celular. Sin disimular.
Tuve dos opciones: bajar el tono, hacerme cargo, ganármelos despacio. O ponerme arrogante. Elegí lo segundo. 'Si están más cómodos con el celular, sigan, yo termino igual'. Lo dije pensando que iba a generar incomodidad y atención. Generó indiferencia.
Terminé los cincuenta minutos. Bajé. Nadie me esperó a la salida. El productor me pagó el cheque sin mirarme a los ojos.
Tardé una semana en entender qué había pasado. No fueron ellos. Fui yo. Estaba enojado antes de subir — había viajado seis horas, no había dormido, y por dentro pensé que si no me valoraban se jodían. Subí al escenario con resentimiento. Y el resentimiento no se actúa, se huele.
La gente no te debe atención. Te la presta si te la ganás. Y para ganártela tenés que estar genuinamente disponible, lo cual es imposible cuando ya estás resentido por adelantado.
Desde esa noche, cuando subo al escenario, lo primero que hago es respirar y agradecer en silencio. No por costumbre. Para llegar limpio.
“La gente no te debe atención. Te la presta si te la ganás.”
— A.O.